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La artista donostiarra recrea en imágenes un cuento sobre la obsesión y la demencia
La obra se enmarca en una serie de relatos sobre enfermedades mentales propias de la literatura rusa
Concha Carrón/efe - Domingo, 20 de Marzo de 2011 - Actualizado a las 05:45h
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Imagen facilitada por la editorial Nesky Prospects, que ilustra el momento en el que llevan al enfermo al baño. (Sara Morante)
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Madrid. Sara Morante nunca había ilustrado el drama de la locura, por eso aceptó gustosa la propuesta de su amiga Patricia Gonzalo de Jesús, traductora, de poner imágenes a la paranoia de Vsévolod Garshín en La flor roja, una obra en buena parte autobiográfica del autor ucraniano.
La flor roja es el relato más conocido de Garshín (1855-1888), un cuento sobre la obsesión y la locura, de las que su autor sabía mucho, ya que pasó un tiempo ingresado en un hospital psiquiátrico debido a unas crisis nerviosas que le acabaron llevando al suicidio.
La obra, enmarcada dentro de la serie de relatos sobre enfermedades mentales propios de la literatura rusa, traslada al lector hasta un hospital psiquiátrico ucraniano, dónde un paciente vive una obsesión enfermiza con tres amapolas que crecen dentro de su jardín hasta el punto de pensar que encarnan el mal del mundo.
La editorial Nevsky Prospects ha publicado ahora la obra, escrita por Garshín en 1883, con las inquietantes ilustraciones de Sara Morante y la traducción de Patricia Gonzalo de Jesús.
La artista donostiarra asegura que aunque no conocía ni la obra ni al autor, cuando leyó La flor roja automáticamente se le vinieron a la cabeza "un torrente de imágenes" que quería trasladar con dos lecturas: una realista y otra más simbolista salida de las alucinaciones sufridas por el protagonista.
En las ilustraciones Morante sitúa como protagonista de la novela a su propio autor, idea que le sugirió Patricia Gonzalo y que ella aceptó encantada al conocer la triste vida de Garshín. A partir de dos imágenes del escritor ucraniano, una más saludable y otra ya con un evidente deterioro, la artista creó cinco o seis caras en las que el grado de degradación iba en aumento, deformando sus ojos, marcando los pómulos y ensombreciendo su rostro hasta llevar la imagen "prácticamente al borde de la muerte".
A pesar de que a Sara Morante le gusta especialmente la temática trágica, nunca había dibujado la locura, por lo que ha disfrutado creando el "asfixiante" ambiente gótico del hospital psiquiátrico, en el que, por primera vez, se ha atrevido a incluir fondos y a recrear escenarios, "porque el relato lo necesitaba". "Como ilustrador, debes adaptarte al texto, no te puedes autolimitar", asegura la creadora, quien antes de dibujar se documentó viendo fotografías de psiquiátricos abandonados, "en los que la realidad siempre supera la ficción".
Dos colores Aunque las paredes y cortinas floreadas del psiquiátrico de La flor roja no son lo habitual en este tipo de centros, ella quería crear ese tipo de decoración para trasladar al interior del recinto la "fuente de todos los males" del protagonista, las amapolas que tanto le perturbaban, como si el enfermo estuviese "subliminalmente rodeado de esas flores malignas".
Es la primera vez que ilustra un clásico y Morante se declara ya "adicta" a ellos, así como a la ilustración narrativa, "porque también es la primera vez que mis dibujos parten de un principio, tienen un desarrollo y un desenlace".
La explicación de por qué utiliza sólo el negro y el rojo es fácil: "el rojo es perfecto, porque te sirve tanto para ilustrar el dolor como la pasión, es totalmente polisémico", y en el caso de La flor roja contribuye, junto con el contraste del negro, a crear un ambiente "muy claustrofóbico a partir de diferentes texturas".
Así, frente a la entrada del edificio del psiquiátrico totalmente en negro, aparecen unos cerezos en flor en tonos rojos, color que sirve también para inyectar en sangre los ojos del enfermo y las flores de las cortinas de una tétrica habitación.
La ilustradora asegura que ha somatizado tanto la historia que acabó el libro con fiebre, algo que ella justifica por el grado de implicación que un buen trabajo requiere y por su empeño en "entender su versión y saber qué había de realidad en su paranoia, que si lo piensas bien tiene un punto de lógica".
Aunque tuvo clara la imagen final de la secuencia, que retrata a un Garshín trágicamente muerto estrujando en su mano la maldita flor roja desdibujada en un garabato, reconoce que le costó mucho hacerla porque el personaje le creó tanta ternura que su final le dio "mucha pena".

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